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Dic

2008

Crítica "La Vida es Sueño" en ABC

la-vida-es-sueo-teatro-albeniz.jpgLlega al Albéniz «La vida es sueño» como último espectáculo que albergará la sala antes de su desaparición y es inevitable asociar el título con el adiós a este espacio teatral. Broche de oro con una obra que es uno de los grandes títulos del teatro universal y en la que Calderón desarrolla una soberbia estructura de elementos filosóficos, políticos, morales, simbólicos y mitológicos para enfrentar los conceptos de destino y libertad, y, sorprendentemente para alguien tachado de ultraortodoxo, hacer que la balanza se incline del lado del libre albedrío, de la victoria sobre uno mismo por encima de designios cósmicos.

Don Pedro era hombre de cultura enciclopédica y se tiene constancia de que, amén de rigurosos conocimientos de Derecho, Teología y otras disciplinas, estaba bien informado de las corrientes filosóficas que tomaban cuerpo en su época, y de las teorías científicas que por aquellos entonces abrían nuevas puertas al conocimiento del Universo.
A este respecto, Antonio Regalado señala en su monumental «Calderón», que el autor «deslegitimó el determinismo astral, sabiendo muy bien que había llegado a formar parte de una creencia arraigada en la mente colectiva» e incluso satirizó la astrología en varias obras.
En la historia del príncipe Segismundo ?encerrado por su padre, el rey Basilio, en una torre para evitar el cumplimiento de una predicción astrológica según la cual aquel lo destronaría? hay esa voluntad de despejar supersticiones con el soplo de la razón, proyecto que se engarza en una compleja lectura política sobre la naturaleza del poder trufada de referencias mitológicas: la relación entre Basilio y Segismundo es paralela a la de Cronos y Zeus, el padre que devora a sus hijos varones para evitar de modo radical que ellos le quiten el sitio cuando crezcan.
En menos de dos horas, la versión plástica, rigurosa y concentrada de Pedro Manuel Víllora subraya y elucida con sabiduría ese juego de fuerzas y elementos en tensión que Juan Carlos Pérez de la Fuente ha llevado a escena con vigor, y hasta crispación en algunos momentos, situando estéticamente la historia en la tierra sin tiempo de los mitos, en sintonía con esa era imprecisa de la antigüedad (o tal vez el futuro) en que transcurren muchas obras más o menos históricas de nuestros clásicos; impresión a la que contribuye el buen vestuario atemporal de Artiñano. Un laberinto de columnas negras y blancas que juega con cambiantes trampantojos de perspectivas conforma el inquietante ámbito escenográfico firmado por Garrigós. En el plano interpretativo, Fernando Cayo encarna a un Segismundo que alcanza momentos de vibrante intensidad en carne viva. Estupendos también el imponente Basilio de Chete Lera, la Rosaura vehemente de Ana Caleya, el Clarín cómico y perplejo de Daniel Huarte, y el Clotaldo de Jesús Ruymán, junto al buen hacer del resto del reparto. Un montaje de altura.

Texto: Juan Ignacio García Garzón
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