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En busca del «muffin» perdido

Bailando en LughnasaSi Lorca hubiera vivido en Donegal, quizá «La casa de Bernarda Alba» no hubiera sido tan opresiva y se habría titulado «Bailando en Lughnasa». El carácter, gayo y estoico, hermana a las mujeres de este retrato de la Irlanda rural de 1936, escrito por Brian Friel en 1990, con las Angustias y Adelas lorquianas. Aunque a Friel no le interesan la pasión ni la tragedia: su prosa –y éste es un gran texto– es evocación de una época que no volverá.

A «Bailando en Lughnasa» podría pesarle la nostalgia, pero ya desde el título se intuye la alegría con que el matriarcado afronta la vida: baila en las fiestas del título, baila en el jardín al son del folclore, baila igual que las hijas de Bernarda se consumían en deseo carnal: es su válvula de escape de la soledad.

Friel hornea su propia magdalena proustiana –llamémoslo «muffin» irlandés– en una cocina que huele a turba y a tabaco barato, esparce su harina  por los aires en una catarsis escénica y saborea lo imposible. Lo logra el exquisito trabajo en la dirección, ambientación y escenografía de Juan Pastor y Teresa Valentín-Gamazo en esta obra de 1999 que han recuperado en la Guindalera: con algunos muebles de madera y un sencillo vestuario nos hacen viajar hasta el pueblo ficticio –y a la vez real, pues es toda Irlanda– de Ballybeg.
Están bien Juan Pastor (el Padre Jack), Álex Tormo (el vividor Gerry) y Raúl Fernández (Michael, el narrador), pero es el trabajo de las mujeres el que sobresale en esta hermosa función. María Pastor encarna con frescura y acierto a la enamoradiza Cris, y Elia Muñoz es toda dulzura y variedad como Maggie, la hermana más independiente y quien aporta cordura a la casa; Carmen Gutiérrez realiza un trabajo sobresaliente como la menguada Rose y Yolanda Robles es una sólida Agnes, una mujer que ve escapar su juventud; cierra el entrañable quinteto la férrea Kate, a la que encarna, con igual buen hacer, Victoria dal Vera. Juntas logran momentos de gran teatro.

El público comparte los recuerdos de Michael, sonríe con la falta de rencor de su madre y con el bala perdida de su padre; con la energía de sus tías solteronas, o con la pintoresca pincelada de color que aporta el Padre Jack, llegado de las misiones, que sufre, probablemente, Alzheimer y, sin duda, mal de África. Friel es todos ellos: él tiene mal de Irlanda, de aquel país brillante –no habla de las hambrunas ni de la guerra, eso sería otra obra– al que devoraron los tiempos modernos.

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