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Dic

2009

Bailando en Lughnasa
bailando-en-lughnasa.jpgUno suele salir de la Sala Guindalera con el fuego de la gratitud confortándole el pecho. Juan Pastor y Teresa Valentín-Gamazo amasan cuidadosamente sus espectáculos con una ejemplar combinación de modestia presupuestaria y ambición artística que apela a la madeja íntima de los sentimientos con un generoso cargamento de verdad teatral (o de teatro de verdad, léase como se quiera). Concluyen con «Bailando en Lughnasa» una trilogía dedicada al autor irlandés Brian Friel y completada por «El juego de Yalta» y «Molly Sweeney», empeño de altura coronado con éxito.

En 1998 Pat O'Connor llevó al cine esta pieza con un reparto encabezado por Meryl Streep; la película se tituló en España «El baile de agosto» porque seguramente resultaba complicado conservar todos los significados latentes en Lughnasa, las fiestas de la cosecha dedicadas al Lugh, el dios solar del panteón celta, perfectamente vivas en la muy católica Irlanda. Esa tensión entre lo pagano y lo cristiano, entre el frenesí de los sentidos y las riendas de la razón es el diapasón que marca el ritmo interno de esta bellísima obra en la que un narrador, Michael Mundy, evoca muchos años después el verano de 1936, el último que pasó junta su familia, un grupo de mujeres solteras, su madre incluida, con el añadido de un tío un poco turuleta, el padre Jack, de legendario historial en las misiones africanas.

La comedia transcurre así en dos planos: el presente, desde el que Michael se dirige al público y acota la acción, y el pasado, ese verano en que el machadiano sol de la infancia ilumina las angustias económicas y las ansias íntimas de esa pequeña comunidad de mujeres sin hombre alegrada por la música de una radio que funciona cuando quiere. Hay momentos de una intensidad emocional sublime, como cuando la severa tía Kate baila sola, muda, espasmódica, dejando apenas escapar los deseos reprimidos, mientras las demás se entregan a una efusión de danza colectiva en la cocina. Un gran trabajo.

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